viernes, 30 de septiembre de 2011

¿EL fracaso de Europa?

La hipótesis de que Grecia sea expulsada de la zona euro se extiende desde hace unas semanas con una soltura rayana en la frivolidad. UBS, Saxo Bank o Goldman Sachs han calculado incluso los costes económicos de tal posibilidad: el PIB griego se desplomaría entre un 40% y un 50% en medio de bancarrotas de sus bancos, su preocupante deuda se duplicaría de inmediato, habría que invertir entre dos y tres billones de euros en recapitalizaciones de entidades de crédito y seguros por toda Europa, cada ciudadano griego perdería al menos 10.000 euros en el primer año... Además, la resurrección del dracma no facilitaría el pago de la deuda de Atenas y provocaría el contagio a todo el club de la moneda única europea por su demostrada incapacidad de auxiliar a uno de sus socios más pequeños (no llega al 3% del PIB de la eurozona).
Y, sin embargo, estas tremendas consecuencias económicas son solo eso, consecuencias económicas. Por eso, son economistas, como el profesor Nouriel Roubini, los que mantienen que el daño puede ser "limitado y contenido". En términos economicistas puede ser, pero el riesgo real para los ciudadanos europeos tiene un alcance infinitamente mayor y apenas se menciona en estos días. Digámoslo enseguida: la salida del euro de un país provocaría el fin de la unión monetaria y, muy probablemente, la inevitable liquidación de la propia UE. Preocupados en exclusiva por los mercados, la deuda soberana o la ortodoxa disciplina presupuestaria, a nuestros dirigentes europeos les está faltando el coraje de reaccionar con determinación para defender los valores superiores de la gobernabilidad, la estabilidad y la convivencia en el continente.
No es extraño, por tanto, que ya no escuchemos jamás el término "familia" para hablar de la Unión, y sí oigamos que los españoles son "vagos", los griegos "mentirosos y despilfarradores", los alemanes "egoístas"... Intentemos vislumbrar qué ocurriría si Grecia fuera expulsada del euro como recomienda, entre otros, el primer ministro holandés, el liberal Mark Rutte, que gobierna gracias al apoyo del ultraderechista Geert Wilders. ¿Acaso no se plantearía de inmediato la expulsión de Portugal? ¿Y por qué no Irlanda? ¿Quién sería el siguiente? ¿España o Italia? Seguramente porque el reguero de salidas forzosas sería imparable, el alemán Hans-Olaf Henkel, exjefe de la patronal industrial, ha propuesto lo opuesto: la huida hacia adelante del próspero bloque del Norte, la salida conjunta del euro de Alemania, Finlandia, Austria y Holanda. O sea, que la destrucción de la moneda europea estaría garantizada con independencia de que el primer zarandeo fuera un movimiento defensivo de los socios ricos o un ataque contra los pobres. ¿Qué haría Francia en cualquiera de los dos casos? Es impensable creer que París rompiera sus lazos con el Sur. Conviene recordar que la construcción europea, tras dos guerras mundiales, está basada en el entendimiento de Francia y Alemania.
Pese al abismo al que se asoma Europa, ni siquiera suenan las alarmas

Y una vez dinamitada la unión monetaria, ¿qué posibilidades de subsistencia tendría la UE? ¿Pocas o ninguna? El euro no se creó como un proyecto económico-financiero. Por el contrario, es el mayor avance político de la Unión. Y como tal fue concebido. Con imperfecciones, sin duda. Y las estamos pagando. Pero parece más lógico exigir a los mandatarios europeos que se centren en superar esas imperfecciones -y ya han perdido tres años- que no asistir al drama de una muerte por inanición de un pilar básico del armazón europeo.
Pese al abismo al que nos asomamos los europeos, ni siquiera se ponen en marcha las alarmas. Podría sospecharse que una generación de desmemoriados nos preocupamos en exclusiva de nuestros bolsillos en lugar de seguir construyendo un futuro en paz y estabilidad. El exvicecanciller alemán Joschka Fischer es una sensata excepción. "La crisis", afirmaba el mes pasado en estas páginas, "comienza a socavar los mismísimos cimientos en los que se basó el orden europeo de posguerra: la alianza franco-alemana, por un lado, y la transatlántica, por el otro, que hicieron posible un periodo de paz y prosperidad sin precedentes en la historia del continente".
Volvamos al caso griego. Si Atenas es expulsada del euro, ¿qué posibilidades tendría de seguir en la UE? ¿Pocas o ninguna? Y si abandona la UE, ¿qué repercusiones tendría en sus relaciones con Turquía? ¿Cómo afectaría eso al resto de Europa? ¿Y a las relaciones Europa-Estados Unidos? No sería el único foco de tensión que pondría en riesgo la estabilidad y la seguridad del continente. Hasta Citigroup, en un vaticinio que muchos preferirán desechar por considerarlo alarmista, augura "gobiernos autoritarios o militares, incluso guerras civiles".
Con llamadas alarmistas o no, lo cierto es que son escasas las advertencias de que una crisis económica amenaza la moneda única y la UE. Por el contrario, nuestros dirigentes políticos no hacen nada por ahuyentar un axioma que se instala con más y más fuerza entre los ciudadanos europeos: euro es igual a sacrificios, ajustes y recortes del Estado de bienestar.
Y, sin embargo, el camino está más claro que nunca y nos lo están diciendo incluso desde fuera de Europa: actúen juntos, únanse más, lancen soluciones colectivas... Se pueden llamar eurobonos, o ministerio europeo de finanzas, o avances en la unión política o Gobierno económico europeo... Ah, perdón, es que tropezamos con los intereses nacionales. Sí, lo hemos escuchado tantas veces... Bueno, pues elijan, señores gobernantes: retrocedamos o avancemos.

Artículo de Carlos Yarnoz

jueves, 29 de septiembre de 2011

De favores

Cuando el primer niño rió por primera vez, su risa se rompió en mil pedazos que saltaron por los aires en todas direcciones, y así fue como aparecieron las hadas. Por eso debería haber un hada para cada niño y cada niña. Aunque hoy en día los niños saben tantas cosas que dejan de creer muy pronto en las hadas.


lunes, 26 de septiembre de 2011

Veo mucho potencial, pero está desperdiciado. Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas, o siendo esclavos oficinistas
La publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seriamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco lo entendemos y eso hace que estemos, muy, muy cabreados.

La Gran Depresión

Y este fracaso cae sobre el Estado como una gran catástrofe (…). Y en los ojos de la gente hay una expresión de fracaso, y en los ojos de los hambrientos hay una ira que va creciendo. En sus almas las uvas de la ira van desarrollándose y creciendo y algún día llegará la vendimia.”
John Steinbeck. Las uvas de la ira.

viernes, 16 de septiembre de 2011

El camino del hombre recto está por todos lados rodeado por las injusticias de los egoístas y la tiranía de los hombres malos.
Bendito sea aquel pastor que, en nombre de la caridad y de la buena voluntad, saque a los débiles del Valle de la Oscuridad. Porque es el autentico guardián de su hermano y el descubridor de los niños perdidos.
¡Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquéllos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos! ¡Y tú sabrás que mi nombre es Yahvé, cuando caiga mi venganza sobre ti!
 
Pulp Fiction

sábado, 10 de septiembre de 2011

Falsedades sobre la reforma

En el debate actual sobre la reforma constitucional y la ley orgánica complementaria se están haciendo afirmaciones que no son sostenibles. A continuación detallo las más representativas:
El mayor problema que tiene España es el tamaño del déficit y de la deuda pública”.
No es cierto. En 2007, el Estado tenía superávit y la deuda era de las más bajas de la Eurozona y ello no protegió a España de tener una Gran Recesión. Incluso hoy, la deuda pública es menor que el promedio de la Eurozona y el déficit ha descendido, lo cual no ha evitado que los intereses que el Estado español ha tenido que pagar para vender su deuda pública hayan sido los mayores en su historia.
La ley aprobada por el pacto PSOE-PP no es un ataque al Estado del bienestar”.
Sí que lo es. Si se le exige al sector público que reduzca el déficit público, hay varias maneras de hacerlo. Bajando el gasto público, aumentando los impuestos o incrementando el crecimiento económico para ingresar más fondos al Estado. En España, la mayor reducción del déficit público siempre se ha conseguido con recortes de gasto público, incluyendo el gasto público social. Pasó cuando el Estado español tuvo que reducir el déficit para acomodarnos al criterio de Maastricht, y bajar el déficit al 3% del PIB. Y pasa ahora, cuando quieren reducirlo al 0,4% del PIB. Es más, la fiscalidad del Estado español (tanto central como autonómico) es profundamente regresiva. Si miramos los niveles efectivos (reales) de tributación y no sólo nominales, las grandes familias, las grandes empresas y la banca, pagan niveles muy inferiores (restando al Estado 44.000 millones de euros al año) a lo que paga un trabajador en nómina. El Estado ya ha demostrado todos estos años su incapacidad o falta de valentía política de corregir esta situación. Le es más fácil recortar los servicios domiciliarios a las personas con dependencia (600 millones de euros) o congelar las pensiones (1.200 millones) que revertir la bajada de impuestos (37%), que afectaron a los súper ricos (300.000 euros o más al año) en los últimos quince años (2.500 millones de euros). Las clases populares tienen menos poder sobre el Estado español que las clases dominantes.
Si no se toman estas medidas, los mercados no se calmarán y terminaremos peor”.
Los mercados no son calmables. El problema no es la especulación de los mercados, sino la falta de protección de los estados frente a los mercados. Lo que un Estado hace frente a las maniobras especulativas es imprimir dinero y comprar su propia deuda pública, forzando la bajada de los intereses de tal deuda. Pero, con la creación del euro, los países del euro no pueden hacer esto. Sólo el Banco Central Europeo puede imprimir dinero. Pero en lugar de hacer lo que los bancos centrales hacen, es decir, comprar deuda pública de los estados de la Eurozona, lo que hace es proveer liquidez a los bancos privados, pero no a los estados. Sólo, recientemente y con grandes reticencias, se ha estado haciendo, pero tarde e insuficientemente. Cuando compró deuda pública de España e Italia, los intereses bajaron. Esto debiera hacerlo pero no excepcionalmente, sino como parte de su función. Es más, los estados de la Eurozona debieran tener bancos públicos para garantizar el crédito. En España se está yendo en sentido contrario. La privatización de las cajas dificultará todavía más la garantía del crédito.
Todos los estados de la Eurozona debieran tener una legislación igual, prohibiendo que tengan déficits públicos”.
Como ha indicado el Center for Economic and Policy Research, uno de los centros de investigación más prestigiosos de EEUU, tal política “sería un desastre”. Sería equivalente a que Estados Unidos, cuyos estados tienen que tener un déficit cero para los gastos ordinarios (pero no en inversiones), no tuvieran un Estado Federal con un Gobierno que tiene déficits del 8,2% del PIB (y una deuda del 160% del PIB) y con un Banco Central (The Federal Reserve Board) que ayuda a los estados (California tiene unas cuentas públicas en tan mala forma como Grecia) y compra deuda pública (algo que no está permitido al Banco Central Europeo).
Estas políticas de austeridad nos evitarán llegar a la situación griega”.
Todo lo contrario, están acelerando a alcanzar la situación griega. Tales medidas, congelación de pensiones y recortes sociales, que están empobreciendo todavía más el subfinanciado Estado del bienestar español (el gasto público social por habitante es el más bajo de la Eurozona) está dificultando enormemente la recuperación económica al reducir la demanda de bienes y servicios, que es el mayor problema de la economía española. Estas políticas de austeridad están empobreciendo tal demanda. Hoy está creciendo la percepción, incluso en centros financieros, de que el mayor problema de España es el escaso crecimiento económico. La explosión de la burbuja inmobiliaria creó un agujero equivalente a un 7% del PIB que tendría que rellenarse con gasto público para permitir una estimulación de la economía. Tras cuatro años de austeridad, la economía española continúa estancada.
El estímulo económico se aplicó en España y no ayudó mucho”.
No es cierto. Ayudó poco porque consistió sobre todo en recortes fiscales que beneficiaron sobre todo a las rentas superiores que son las que proporcionalmente consumen menos y tienen, por lo tanto, escaso impacto estimulante de la demanda. Muy pocos de los estímulos fueron encaminados explícitamente a crear empleo. De la misma manera que las derechas están utilizando la crisis para obtener lo que siempre han querido, es decir, disminuir los salarios, la protección social y privatizar el Estado del bienestar, las izquierdas debieran utilizar la crisis para conseguir sus objetivos, es decir, hacer un reforma fiscal profunda que, a base de corregir el enorme déficit fiscal de las clases pudientes –grandes familias, grandes empresas y banca– se resolviera el déficit social, creando empleo, y a la vez se estimulara la economía. Así se salió de la Gran Depresión y así se debería salir ahora.

Viçenc Navarro

viernes, 9 de septiembre de 2011

La demonización del déficit

Los mercados y sus principales agentes y portavoces juzgan estos días a los políticos como el mayor riesgo económico, presente y de futuro. Esta curiosa coincidencia en la crítica con los indignados se ha puesto de moda en los medios más emblemáticos del sistema global. Es la clave explicativa en la que justifican el comportamiento de los mercados, cuyas bolsas llevan un recorte las últimas semanas cercano al 15% tras los batacazos de ayer ante la negativa del Banco Central Europeo de recomprar deuda italiana y española,  el mayor desde que la desconfianza surgida hace 4 años llevara un año después a la escalada de la crisis con la caída de Lehman Brothers. La actitud de los políticos en todo el mundo desarrollado, incluida España, se empeña en corroborar esa guía. En realidad es uno de los mandamientos del catecismo liberal que inspira gran parte de la teoría económica actual.

No había ni hay razones económicas suficientes para que se repita la historia iniciada hace 4 años y entremos en una doble recesión, repitiendo la experiencia de 1932; ni en los EEUU ni en Europa, y mucho menos en Italia y España. Pero sí podría poner infinidad de ejemplos de esa premisa que presenta los fallos, errores y disfuncionalidades de la política en el mayor riesgo económico, tras los fallos de autorregulación financiera que encendieron la crisis de confianza de los mercados financieros a partir de julio del 2007.


Una sería el análisis que justifica la ultima portada de The Economist, al culpar a los políticos en general y a la falta de liderazgo de Obama y Merkel en particular del riesgo de sumir las economías de sus países y los nuestros en una recesión tan larga como la de Japón. También de llevar a los mercados a especular con una divisa en declive (dólar) y otra en riesgo de desaparición (euro), al son más famoso de The Vapors: turning japanese. Tras ello,  el número de la revista que sale hoy se pregunta también desde portada si la economia mundial está ante otra recesión sin haber salido todavía de los niveles de actividad y empleo perdidos con la anterior.

Otras acusaciones a los políticos
Asimismo, Mohamed El-Erian, otrora alto cargo del FMI y hoy presidente del mayor fondo de inversión, decía el martes en Financial Times que ante la “evidencia de gobierno disfuncional en los EEUU, algunos países también están preocupados por su capacidad de seguir como ancla del sistema financiero global”, aunque concluía que “no hay otro país para asumir este papel y esa base débil se traduce en una mayor fragilidad para el sistema en su conjunto y, por tanto, un mayor riesgo de fragmentación gradual”.
Semanas antes del espectáculo teatral presentado por los principales políticos europeos y el pasado lunes por los de EEUU, el banco Citi presentaba como resultados de una encuesta entre su clientela que  los errores de las políticas gubernamentales son el mayor riesgo económico para los próximos doce meses (45% de la opinión),  el triple que la geopolítica y el terrorismo y cuatro veces más que los precios de las materias primas o la evolución de  los ingresos.

Los clientes de Citi, mayor grupo de servicios financieros del mundo y la primera compañía en combinar seguros y banca tras la gran depresión de 1929, coinciden en esto con los indignados cuyas incoherencias ya comentamos: el mayor riesgo son los políticos.  Pero los indignados han mostrado hasta ahora la misma incapacidad de los políticos para elaborar un programa alternativo al de los gobiernos y organizaciones intergubernamentales. Estos, en cambio, asumen los planteamientos de los clientes de los mercados, esas entidades abstractas que se han alzado con el gobierno real de la política y reniegan de los políticios, aunque imponen ajustes y recortes de gastos que impiden el crecimiento necesario para pagar las deudas.
Voy con esa carencia de razón y última prueba de la culpabilizacion de los políticos. Acabo de desayunarme con la más sorprendente de esas acusaciones. Leo un editorial del Financial Times reconociendo al fin lo que defiendo desde hace varios años, cada día en mayor soledad: España es y seguirá siendo solvente como para no necesitar rescate alguno de su deuda soberana. La biblia del capitalismo, tan clara como el gran libro, dice que Italia tampoco. No repetiré sus argumentos ni los míos, pues lamentablemente habrá en las próximas semanas y meses más días que longanizas. Tampoco importan ahora para comprender la actitud de los mercados, pues la más  asombrosa, concluyente y real es la que añade el séptimo párrafo del editorial, titulado La defensa de España e Italia decidirá el futuro de la Eurozona:
“La mayor responsabilidad en disipar los temores del mercado radica en los dos países mismos. Pero incluso si ambos hacen todo lo necesario  -y España se ha acercado-, eso podría ser insuficiente. El mercado tiene sus razones, que la razón no puede entender: si suficientes operadores encuentran los bonos italianos y españoles demasiado arriesgados, sus operaciones pueden convertir sus temores en realidad”.
No nos interesemos ahora por esa capacidad de autocumplir profecías, sino por la negación de racionalidad en los resultados de un comportamiento que precisamente la teoría económica enraíza como racional. Si admitimos que los agentes actúan racionalmente al iniciar el proceso,  llegamos a la conclusión de que existe racionalidad o adecuación entre medios y fines en ese proceso de formación de voluntades por la búsqueda del beneficio individual, pero no en los resultados en muchos casos de beneficio y en casi ninguno del colectivo.
Después de todo descubrimos que el corazón tiene razones que la razón desconoce, idea expresada hace casi cuatro siglos por Blas Pascal, quien inventó la teoría matemática de la probabilidad y la primera calculadora no china, compatibilidad que hoy adquiere mayor sentido  en el actual apogeo de un cálculo racional que alguien también muy lúcido presentó como la locura racional del capitalismo. Asi comprobamos nuevamente que la principal sinrazón de todas las razones es la fuerza de unas expectativas al final nada racionales, sino más bien un tipo de sentimientos o Animal spirits presentados por Keynes en su Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero, siete años después de iniciarse la Gran Depresion; es decir, en una coyuntura económica no muy diferente a la comenzada hace ahora justo cuatro años.
Secuestro de la economía y los hechos
Ahora que la moda era denunciar el secuestro de la política por la economía de los mercados, ha quedado de manifiesto que puede ser incluso peor el secuestro de la actividad económica e incluso de los hechos más incontrovertibles por opiniones, ideas o ideologías que carecen de fundamento económico, aunque logran escenificar representaciones teatrales que terminan por persuadir al electorado. Ese secuestro acrecienta los efectos de la crítica a los principales líderes políticos como incapaces de cumplir la principal función atribuida a los políticos por la teoría de la democracia (organizar el consenso) y también por la teoría económica (tomar decisiones para que la politica económica suavice tanto auges como recesiones).
En Europa ya hemos expuesto en diversas ocasiones lo sucedido los dos últimos años. Por temor a supuestas transferencias de rentas desde el centro a la periferia –transferencias realmente carentes de instrumentos monetarios, presupuestarios y fiscales–, se rehúye avanzar en la integración y se incurre en  errores que ahora amenazan con la recesión hasta la propia Alemania. Por evitar mínimas transferencias que hubieran sido positivas para ambas partes, se incurre en pérdidas de rentas por parte de todos.
Otro fundamentalismo ideológico carente de fundamentos empíricos lo acabamos de ver en los EEUU con el Tea Party, cuyo poder es mayor que el de sus escaños, quizá por su apalancamiento económico. Su negativa a subir los impuestos o renunciar a las bajadas que empezó a aplicar su ídolo, el maestro de actores Ronald Reagan, provocará pérdidas entre los norteamericanos y el resto del mundo. Tanta escenificación al demonizar el déficit y deuda pública obviando que los padres son el déficit de actividad y de empleo, ha hecho olvidar a muchos que Reagan llegó al gobierno en 1981, cuando la deuda regsitraba un mínimo del 32% del PIB, aplicó su famosa bajada de impuestos para estimular la política de oferta y lo dejó o en el 54% y subiendo. Dos décadas después, George W. Bush lo retomó el 2001 con el 57%%, para salir en el 2009 con el 87% y ante una crisis nunca vista desde los años 30, además de con los gastos de dos bajadas de impuestos y dos guerras por él provocadas y heredadas por Obama, demonizado por acabar de superar en esas condiciones del 100%.
En España, donde Zapatero tuvo ayer peor cumpleaños que su colega norteamericano, el espectáculo es todavía mejor conocido. Acabó ayer por centrar la novedad de la política en la petición de un anticipo del anticipo electoral, como si todo el problema fuera Zapatero. Tras oponerse a todas las reformas del último año y presentar a España o sus autonomías en quiebra, al final Mariano Rajoy señala que España no va a ser rescatada porque ” es un país solvente”. ¿Cuántos puntos en la prima de riesgo atribuida al contrincante ha costado esa actitud?. Dicen que cada 100 puntos básicos adicionales (y van mas de 200 el último año de reformas) cuesta 12.400 millones de intereses anuales, tanto como los primeros  recortes de Zapatero en los sueldos de los funcionarios en mayo del año pasado, dineral que como el de los ajustes sin fin que le siguen se filtra por el sumidero de los mercados en una cuantía mas que duplicada, pues esa estimación es sobre el 68% de la deuda pública, cuando la privada que también paga prima de riesgo-país es cuatro veces superior.
La clave mas novedosa no es que haya quedado probada otra vez la paradoja de que el abuso de la democracia puede llevar a su colapso, regla ya conocida y muy practicada por los filibusteros de la política desde que Catón el Joven paralizaba con su interminable discurso las iniciativas de Julio Cesar. Lo mas relevante de este nuevo filibusterismo ideológico es que haya creado incentivos de gran apalancamiento, en la economía a todo aquel que intente maximizar sus beneficios extremando el riesgo de la retorica ideológica y en politica a los nuevos grupos ultras, xenófobos y antieuropeos que desde la derecha practican el entrismo ensayado por los comunistas desde la revolución soviética.


http://www.cuartopoder.es

lunes, 5 de septiembre de 2011

Equilibrio presupuestario



La sorprendente historia de Guy Abeille (Importante)

Hacemos un extracto de un artículo publicado por la web amiga “nosinmibici“. El texto que podéis leer a continuación expone el origen del famoso Límite de Déficit, y es absolutamente sorprendente, no dejéis de leerlo, es importante para conocer los sesudos criterios científicos de nuestros gobernantes.

La sorprendente historia de Guy Abeille
Como sabéis, uno de los criterios de convergencia del Tratado de Maastrich, y quizás el más cacareado, es el de que los estados miembros no deben sobrepasar un déficit del 3% en relación al PIB. Uno podría pensar que es un criterio económico elaborado por sesudos expertos y fundamentado en sólidas teorías económicas. Pues bien, nada más lejos de la realidad. Fue una invención oportunista, una operación de imagen sin ningún sentido económico para contener las ansias inversoras de los ministros del primer gobierno de Mitterrand en la Francia de 1981 y poder tranquilizar a la opinión pública sobre el aumento constante del déficit. Sin más, os dejo con la aleccionadora historia de Guy Abeille, revelada en La Tribune de 01/10/2010 (este es el enlace para los que puedan leer en francés), contada en primera persona por su protagonista y resumida por mí. Pásalo, porque en este criterio sin criterio puede apoyarse el despropósito que Zapatero y Rajoy están cocinando.
“Soy un antiguo funcionario del Ministerio de Economía, destinado entre octubre de 1977 y junio de 1982 a la Dirección de Presupuesto. Me encargué de seguir y analizar mes a mes la ejecución de los presupuestos generales y de proporcionar a lo largo de todo el año la previsión de su saldo, y, en consecuencia, del déficit. Esta información la comunicaba redactando una nota mensual revisada y firmada por mis superiores que llegaba al ministro y, finalmente, al Eliseo.
Al final del ejercicio recibíamos la orden, en función de la proximidad de las elecciones y del clima electoral, de jugar sobre determinadas partidas poco claras de la contabilidad para arreglar el resultado que terminaría siendo publicado, traspasando de un ejercicio a otro determinadas facturas o gastos que se habían vuelto milagrosamente migratorios. Era yo y sólo yo quién entre diciembre y febrero estaba encargado, haciendo gala de inventiva y sagacidad, de establecer la lista cifrada y manuscrita (no se imprimiría nada) de lo que fuera posible hacer para el arreglo. Todo sin otro apoyo que la aprobación oral dada por mis superiores.
La llegada del déficit
En 1973 llegó la crisis del petróleo que cuadruplicó los precios y trastornó la economía mundial. A partir de 1975, con el plan de reactivación de Chirac (un modelo keynesiano de libro) las finanzas públicas se ponen al rojo, un déficit del que ya nunca se saldrá. A continuación, en 1979, llega la segunda crisis del petróleo. El presidente Giscard d’Estaing tiene una fijación: no dejar que el déficit supere la linea de los 30 mil millones de francos. Los dos presupuestos antes de la llegada de la izquierda aguantan en ese nivel (31 mil millones en los años 79 y 80), mediante el arte de los manejos contables que después de tres años de práctica en la Dirección del Presupuesto ya dominaba bastante.
Llega 1981
Con la llegada de Mitterrand, la cifra del déficit se actualiza a 55 mil millones de francos, cifra que el ministro del Presupuesto Laurent Fabius hace pública.
A finales de junio, urge preparar los presupuestos generales del año 1982, que serán los primero con la izquierda en el poder. Pero los nuevos ministros multiplican sus ruegos al Presidente para obtener más créditos para satisfacer sus necesidades. Entonces nos damos cuenta de que vamos a sobrepasar el límite de los 100 mil millones de francos, cifra que ni los más osados jamás se hubieran atrevido a murmurar.
Un encargo de última hora
En estas circunstancias recibimos una llamada del reciente número 2 de la Dirección del Presupuesto, para convocarnos a una reunión a mí y a Roland de Villepin, jefe del despacho. Eramos considerados entre la fauna local como esa especie, rara en la Dirección, de los economistas manipuladores de cifras (somo de alguna forma ingenieros de la economía). Nos hacen saber que el Presidente ha pedido personal y urgentemente disponer de una regla simple y práctica, pero con la marca del experto y por lo tanto sin apelación, que pueda blandir ante los más coriáceos visitantes «presupuestívoros».
Es necesario actuar rápido. Villepin (primo de Dominique de Villepin) y yo, no tenemos ni idea de qué hacer y a decir verdad ninguna teoría económica nos puede orientar. Pero la petición viene de lo más alto. Ponemos pues al animal presupuestario sobre la mesa de disección. Miramos del lado de los gastos, de su volumen, su estructura, con deuda y sin ella, reagrupando por aquí y por allá. Podemos establecer diversos índices, pero ninguno contundente como arma arrojadiza. Damos la vuelta a la bestia del lado de los ingresos: miramos por el lado de los impuestos, pero estos fluctúan con la coyuntura, varios tienen un desfase de un año… Todo es confuso y difícil de argumentar, y nos han pedido algo para la ostentación pública. El camino de los ingresos no tiene salida. Sólo nos queda una vía: el déficit.
El déficit le suena a todo el mundo: tener déficit es estar mal de dinero; o, si se prefiere, tirar de cheques que habrá que pagar mañana. Además el déficit ha adquirido después de Keynes su título de nobleza económica: es una de las variables más visibles de los modelos económicos. Por si sólo, tiene la envergadura y la claridad para salir del paso. ¡El déficit! Pero, ¿que hacemos con él? ¿A qué compromiso hay que someterle para extraer una norma?
La cosa está clara: el salvavidas todo-terreno de los macro-economistas con falta de referencias es el PIB: todo empieza y acaba en el PIB. Todo lo que es un poco grande parece dirigirse razonablemente a él. Así pues, será el ratio del déficit sobre el PIB. Simple; elemental incluso. Con el déficit sobre el PIB, parece que enseguida vemos algo claro.
Un criterio dudoso
Llegados a este punto se impone un poco de reflexión. Comiéncese por notar que el déficit es un saldo, no una magnitud económica de primer orden, sino el resultado de una operación entre dos magnitudes. Este simple hecho, trivial, comporta dos observaciones. La primera es que un mismo déficit puede obtenerse por la diferencia entre dos cantidades de magnitud muy desigual: 20 mil millones son tanto la diferencia entre 50 y 70 mil millones como entre 150 y 170 mil millones. Ahora bien, y esta es la segunda observación, no puede ser en absoluto indiferente a la economía el hecho de que la masa de gastos e ingresos públicos sea de una cierta amplitud (menos del 35% del PIB como en EEUU o Japón) o que lo sea de otra mucho más grande (más del 50% como en Francia o los países escandinavos); sin ni tan siquiera hablar del contenido de cada una de las masas: no es lo mismo un cierto volumen de ingresos con un IVA al 10% y un impuesto sobre la renta que llegue hasta el 80%, que con un IVA al 20% y un impuesto sobre la renta del 30% como máximo. O alinear un mismo volumen de gastos, pero con un 5% de subvenciones en inversión en un caso o del 20% en el otro. Por lo tanto, vemos que el valor del déficit por si mismo sólo tiene un sentido relativo.
La segunda observación afecta a la pertinencia del índice mismo: ¿dividimos coliflores entre zanahorias? Un déficit no es más que una deuda: es la cifra exacta de lo que hace falta pedir prestado a otros, y, por lo tanto, de lo que habrá que ahorrar durante los próximos años para devolver ese préstamo. Dicho de otro modo, mostrar un déficit en relación al PIB, es relacionar el flujo particionado, escalonado, de los vencimientos a pagar en los años venideros con la única riqueza producida en el año de origen. Hay un desfase temporal. De donde se deduce que el único criterio pertinente es el de la capacidad de reembolso en un horizonte dado (que es el del préstamo), la cual está en función, no tanto del déficit consentido en un año dado, como de la deuda global acumulada (ese año, pero también los precedentes y quizás los venideros) y de la previsión que se puede hacer de los recursos futuros, es decir, de la pareja crecimiento/rendimiento fiscal. El resto no es más que imagen.
Ultima observación, más general: un déficit no tiene el mismo sentido económico según sea algo puramente puntual en una serie de años de equilibrio, el cual será reabsorvido en unos años por la reactivación misma de la economía que ese choque habrá provocado (keynesianismo puro), o según sea un jalón más de un largo período de déficits instalados de forma crónica en la marcha de la economía.
Se comprende entonces que fijarse en el déficit de un año dado no tiene sentido. Y que llevarlo al PIB de ese mismo año menos aún. El ratio déficit sobre el PIB puede como mucho servir de indicador. Sopesa una magnitud y proporciona una idea, inmediata, intuitiva, de la deriva, pero nada más. En ningún caso puede servir de brújula de una política económica. No mide nada: no es un criterio. Sólo tiene el valor de un análisis razonado de la capacidad de reembolso, es decir, de un análisis de la solvencia.
Sin embargo, la cuestión política, no económica, permanece: ¿cómo trasmutar el plomo de un análisis razonado de la solvencia en el oro aparente de una regla sonora, impactante, que pueda ser una llave maestra? Es la cuestión que a última hora de la tarde, en junio del 81, se nos plantea.
Fabricar una norma
Presionados fabricamos la idea del déficit sobre el PIB, una redonda y bonita quimera. Ese será el ratio. Queda ponerle una tasa. Es cuestión de segundos. Miramos cual es la previsión del PIB más reciente proyectada por el INSEE (Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos) para el 82. Por otro lado tenemos 100 mil millones de euros de déficit para nuestros presupuestos en preparación. Metemos calculadora: la relación entre los dos no está lejos de dar el 3%.
Efectivamente, el 3%. No tiene otro fundamento que el de las circunstancias, pero está bien. 1% sería poco, 2% inaceptablemente comprometido en estos momentos y con pinta de ser demasiado redondo, prefabricado. Mientras que el 3 es una cifra sólida. Y además, en camino de los 100 mil millones de francos de déficit, marca la última frontera que somos capaces de concebir.
Volvemos a la Dirección del Presupuesto con nuestro 3% del PIB, del cual estamos contentos sin llegar a estar orgullosos, y les decimos que en vista de la hora que es y palabra de economista, es lo más serio y fundado que tenemos en ese momento en la trastienda.
Como se dispara el 3%
Francia se hunde. Mitterrand rebaja el déficit real de 120 mil millones de francos hasta los 95 mil millones que son anunciados, menos que el umbral simbólico de los 100 (nuestro 3% del PIB). Es la primera vez en la historia que Laurent Fabius refiere el déficit al PIB, para volverlo más leve, ya que, al fin y al cabo, el 2,6% del PIB que cita a los periodistas no es más que un pellizquito de este.
En el eterno combate económico con Alemania, el Ministro de Economía, Jacques Delors, es el primero en hacer saber que el déficit no debe sobrepasar el 3% del PIB. Aquí nacen las nociones de «déficits aceptables» y de «cifras razonables». A partir de entonces, en las declaraciones de Fabius, Delors y del Primer Ministro Mauroy, el 3% del PIB es la luz que alumbra el camino. Se convierte en el martilleo de una «política controlada de las finanzas públicas». El proceso de aculturación está terminado: lo que es razonable, no es ver en el déficit un accidente, quizás necesario, pero que es necesario corregir; no, lo que se decreta como razonable es añadir cada año a la deuda solamente una centena de miles de millones de francos.
Extensión del alcance del ratio
Y un buen dia aparece el Tratado de Maastricht. Teniamos el 3% en la manga. ¡En Francia lo usamos, es una cifra de expertos! Así pues, pasa a Europa. Y de ahí se extiendería a todo el mundo. Sin ningún contenido, y fruto de las circustancias, de un cálculo por encargo a falta de algo mejor, un buen dia, ¡voilà el paradigma!
A veces, cuando oigo como un mantra repetir el 3% del PIB, me divierto con ese 3 que escogimos y me viene a la memoria el proverbio «numero deus impare gaudet»: Dios ama los números impares.”

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